Thursday, June 01, 2006




Capítulo IV

KOMOMBO Y EDFU
Los mercaderes fuera del templo


El tour continua y hace sus paradas en Edfu y Komombo, dos templos mucho mejor conservados que el resto. Según el guía, ya un poco cansado de repetir las mismas cosas todos los días, estos a diferencia de los otros, son de la época greco-romana y eso los hace estar mejor conservados ya que los Romanos querían mantener buenas relaciones con Egipto y que mejor que mostrar una amplia aceptación con las deidades y ritos del pueblo.
Sin embargo, en una etapa de la historia de Egipto, los cristianos borraron las imágenes de las deidades debido a que estas eran paganas y por ende una herejía hacia el cristianismo monoteísta y religión oficial de Roma en ese entonces. Así que es posible ver como algunas imágenes han sido cinceladas en los muros quedando solo las siluetas. Las figuras que prevalecen, muchas veces se debió a que permanecieron cubiertas por las arenas de los desbordes del Nilo.
Alguno de los presentes se quejaba de la barbarie de los cristianos sobre los monumentos egipcios, pero habría que considerar lo que le hicieron los segundos a estos para que se desquitaran de esa manera. Por ejemplo, mantenerlos de esclavos unos cuantos cientos de años.
En Edfu y Komombo se pueden ver en las paredes las indicaciones especializadas sobre esencias, cosmética y preparaciones de comidas especiales para los ritos. Estos templos son como libros abiertos en los que se puede obtener información de muchos de los actos por los cuales todo un pueblo se veía comprometido.
Al volvernos del templo hacia el barco lo hicimos en una carroza guiada por caballos (victoria o calesita), en un momento, mientras sacábamos fotos a la vida urbana de aquel pueblito, voltease el chofer con rostro arrugado y turbante, dos dientes afirmándose de la nada en su boca, sonrió y nos apuntó un local exclamando: “Bata”! Efectivamente había un local de zapatos “Bata”. Era la nota folclórica que nos acercaba a nuestra tierra pero que a la vez nos hacía preguntarnos: Por qué un local Bata ahí? Si el noventa y nueve por ciento de los egipcios usan unas chalitas que a penas se ven, cosas de la vida increíble pero cierto, en Edfu hay un negocio de zapatos Bata. (Me imaginaba conversando con el gerente del local y que me decía: “estamos desde 1950, somos pioneros e intentamos implantar un estilo nuevo aquí en Edfu; el zapato de gamuza con chiporro”).
Al llegar al embarcadero me tomó por sorpresa un locatario de los puestos que estaban a la salida. Sonriente e inofensivo, me regaló un pañuelito para que yo fuera a su local y le comprara algo al volver del templo.
Vi su mercancía pero antes había comprado todo lo que necesitaba. El llamó a otro vendedor por que no me decidía por nada, en verdad este egipcio no tenía buenos productos. El caso es que ahora tenía dos egipcios desesperados preguntándome en tres idiomas que es lo que quería. Le dije que no me gustaba nada, que lo que tenía para mujeres y que podía haber sido una alternativa para llevárselo a mi señora, tampoco me gustaba (parece que esa palabra: “no me gusta”, definitivamente no la tienen en su vocabulario). De un momento a otro los gentiles vendedores comenzaron a presionarme para que les comprara lo que fuera, un gordo se ponía una polera y me miraba como diciéndome: “esta si”? Luego el otro lucía un vestido sobre su cuerpo y me miraba todo coquetón. Yo comencé a desesperarme pues veía como los barcos retiraban las rampas de embarque y ya no quedaban turistas en el muelle, más aun, para llegar a mi barco había que cruzar otro antes.
Los dos, ya furiosos vendedores, me comenzaron a pedir derechamente dinero mientras yo retrocedía. Los barcos ya habían retirado las amarras y la rampa la estaban levantando. Uno de los vendedores sostenía mi mano y yo miraba el barco, la rampa, los hombres y nuevamente mi mano. Les dije que les daba dos dólares por el pañuelo, el tipo me los aceptó pero me dijo que le devolviera el pañuelo… (Que se habrá imaginado este sopenco!), le dije: “Devuélveme los dos dólares entonces po!” (En ese momento mi destino se transaba por la módica suma de dos miserables dólares. Lo que hace esto del libre mercado, claro que a esas alturas, ya no tan libre). La rampa ya se había levantado. Desde lo profundo de mi ser una voz sopló: Cagué!..
Salí disparado hacia el barco, los tipos detrás de mí insultándome en árabe, unos militares se miraban extrañados por el tono en que los dos vendedores me gritaban. Corrí lo más rápido que pude por la última rampa que quedaba. Crucé entre las personas de la administración de la primera embarcación, abrí la puerta que daba al vacío y salté hacia mi barco!
Todos me recibieron preguntándome que había pasado, yo exhausto miraba hacia el muelle a los dos egipcios que todavía alzaban sus brazos en son de repudio. El crucero se alejaba lentamente del pueblo y mi corazón volvía a palpitar como lo había hecho hasta entonces.

La moraleja que me dejaba todo esto era la siguiente: “nunca aceptes un regalo de un vendedor egipcio a menos que estés dispuesto a pagar por él. Regalo o anzuelo, ese es el dilema”.

Luego de esta peripecia estilo Indiana Jones me merecía un baño en la piscina. Ahí se encontraba Mario y su señora, les conté la audaz hazaña, él se reía a carcajadas. Poco a poco se me pasaba el susto mientras me bañaba. Mario es un argentino radicado en Roma, un calvo simpático con el cual compartimos la estadía en el crucero. Mientras nadábamos él salpicaba agua y esta se elevaba, dejando caer sus goterones sobre los gringos, que a esas alturas se rostizaban al sol. (Era como tirar agua sobre una sartén llena de aceite) Ellos se levantaban tensos por lo helado del agua y miraban a Mario moviéndole las manos en señal de que no salpicara más.
El con su tono de argentino me murmuraba en la pequeña alberca: “Y que le pashá ( pasa) a este hijo de puta ( huevón) , que si está en frente de la piscina no se corre más ashá ( allá)…no creerá que me voy a ir a nadar al Nilo o que!, che?. Me encantan estos argentinos que verbalizan todo lo que sienten.

Al terminar la cena salí a cubierta y me percaté que nos encontrábamos frente a un Sheraton. Pensé que podía encontrar algún local con conexión a Internet así que bajé del barco y caminé hacia la entrada posterior del recinto preguntado a los guardias si podía entrar al hotel. Al llegar a la recepción me dijeron que no tenían conexión, así que volví a mi barco. Antes de salir y a un costado de los hermosos jardines del hotel presentaban un espectáculo de danza árabe y Sufi. Eran unos bailes en donde un hombre y una mujer giraban sobre si mismos todo lo que duraba la canción. Mostrando unas faldas de llamativos colores que al desplegarse producían un efecto de ingravidez y forma de plato que sumado a los innumerables vueltas del bailarín lo convertían en toda una proeza. Luego las faldas las iba sacando de su cintura con total maestría. Este acto danzante lo repitió alrededor de treinta minutos y luego que se sacó cinco faldas el mágico derviche paró en seco junto con la música. Yo me preguntaba si desde su lugar se vería el público dando vueltas producto de mareo. Fue un momento sublime de todos modos: El Nilo como telón de fondo, un derviche que debe haber dado unas mil quinientas vueltas sobre si mismo, odaliscas y turistas sentados mirando el espectáculo acompañados de hermosas egipcias y yo de colado dentro de un lujoso hotel, que más podía pedir.
Pero había más. Una hermosa egipcia sentada junto a unos turistas se levantó de la mesa en busca de un refresco. Al pasar por mi lado me regaló una sonrisa a la cual correspondí con una reverencia. Sus cabellos largos, tez morena y blancos dientes, mas su delgada figura calzaba de manera perfecta en un vestido rojo. Al pasar me preguntó: “What is you room” (cual es tu habitación), mis pensamientos corrían a mil por hora y lo único que se me ocurrió fue decir: “3014”, ella se detuvo un momento pensó con su mirada hacia abajo. Un poco incómodo por la situación ya que era muy fácil descubrir que yo no era de ahí, entretejía respuestas mientras la niña volvía a mirarme y a responder: “I want to see you in one hour in this place”
(Te veré en una hora en este lugar). Asentí con un “OK” y me quedé pensando: Me imagino que esta chica, al igual que las otras que vi, prestan un servicio muy particular a los clientes del hotel, entre damas de compañía y un poco más, sin embargo cuando se diera cuenta que yo no tenia nada que hacer ahí, hasta podría llegar con guardias, el caso es observé un momento más el espectáculo y me fui.
Al salir del recinto, debido a que solo había pedido permiso para averiguar si había Internet y me quedé por más de una hora, pase por detrás de la carpa desde donde salían estos bailarines. No pude resistir y felicité al Derviche, así que me acerqué y le hablé en Ingles. El me respondió y me comentó que vivía en Nueva York pero que echaba de menos su tierra y que por eso estaba ahí bailando. Mientras tratábamos de comunicarnos pasaban por detrás, urgidísimas, las bailarinas que se cambiaban una y otra vez de ropa. Pudorosas y desconfiadas miraban de reojo nuestra conversación como temiendo alguna represalia, no se de quién. A un costado de las bailarinas se divisaba, unos metros más allá, la linda egipcia que miraba con la expresión: Y a donde se metió este”. Disimuladamente me cubrí detrás del bailarín y seguí conversando.
Amistosamente me pasó un folleto de sus actuaciones posteriores, me señaló un número para ubicarlo y me dijo que cualquiera podía bailar como él si practicaba. Encantado me hubiera quedado un tiempo practicando dar vueltas sobre mi mismo y de pasadita averiguando el motivo por el cual me querría ver la faraona de la noche.
Cada paso que daba hacia el interior de las vidas de algunos egipcios aparecían en mi una mezcla de sensaciones y recuerdos de niño: la fantasía de mi infancia con los cuentos de Ali-Babá, alfombras voladoras y camellos, la Biblia, la ciudad de Belén, el niño Jesús, María y José, los reyes magos, pobreza, adobes y exóticas mujeres. Moisés comiendo pan sin levadura. El faraón, las momias y personajes morenos con falda. Todo eso sumado a mi modo actual de ver las cosas y la típica desconfianza de chileno esperando alguna sorpresa, alguna ayuda por interés o un ardid para convencer a un turista a desembolsar lo que tenga.
Así era yo en Egipto, una mezcla entre niño y hombre bañándose en las aguas de la historia de la humanidad. Sosegando mis temores y derribando mitos de cultura solo estudiada en la academia.
A metros de mi, el Nilo de desplazaba calmo, oscuro, viejo y profundo. El atardecer en sepia añejaba aquel momento cruzando el pasado con mi presente. Y en una suerte de fino ritual, me alejé hacia el barco dejando atrás a aquellos derviches voladores y mágicas odaliscas.

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