Capítulo II
LUXOR- KARNAK
Entre papiros y areniscas
Desde El Cairo volamos a Luxor donde partiría el magnífico Crucero por el Nilo.
Dentro de la antigua Tebas, dos hermosos templos emergen por sobre los edificios con un tono de luz distinto, construidos con bloques de areniscas milenarias reflejan la luz como si fueran algo ajeno a la ciudad. Efectivamente lo son. Su depuración y excelsitud habla de obras hechas con devoción, construidas con sangre y sudor o quizás más sangre que sudor. Hoy estos templos, de Luxor y Karnak se encuentran desprovistos de sus revestimientos originales.
Pensaba que si se ven así de imponentes, como se verían recubiertos con alabastro en pisos y pilares. Con granito rojo en muros, pilares y obeliscos. Pintados con oro, incrustaciones de piedras preciosas y policromías en todos sus bajo y sobre relieves.
Siempre y en todas las culturas la imagen de lo divino nos ha llevado a dejarlo todo por nuestros Dioses. Sin embargo los Faraones comenzaron a tener una importancia tal, que sus hitos funerarios, fueron compartiendo con las deidades, el protagonismo de la fé.
Los monumentos que se conservan pertenecen a las últimas dinastías, es decir, a la XVIII y XIX, mientras que las pirámides del conjunto de Giza son de la IV. Estas, a través del tiempo fueron sofisticando el modo y lugar en que enterraban a sus faraones. El problema que enfrentaron fue el saqueo. La pregunta era; cómo enterrar al faraón y sus riquezas sin que su tumba fuera descubierta y desvalijada una vez que dejaban el poder. Primero la hicieron enterrando a sus monarcas en templos, luego en las pirámides y por último en las afueras de las ciudades, en valles secretos como el Valle de los Reyes o el de las Reinas. Al final no se salvó ni uno, pues al parecer lo que en un tiempo se aprecia valioso y sagrado otras generaciones le encuentran un valor distinto. De esta manera una joya faraónica sagrada se convierte, a través de los años, invasiones y saqueos, en un cáliz de oro para ceremonias católicas, unas joyas de la realeza británica, una fina loza para juego de té y por último un encaje de oro en una escultura post moderna de un lujoso museo privado de un empresario gringo. Quizás las menos reciclables y valiosas sean las que se encuentran en las tumbas más modernas en los valles situados al otro lado del Nilo.
En el Valle de los Reyes se encuentra un complejo de tumbas entre las cuales está la de Tutankamón. Todas están hechas con forma de túnel sumergido en la tierra con el fin de preservar el valioso contenido dentro del cual se encontraba obviamente el Faraón, su ajuar, utensilios y elementos de madera que le servirían para ocuparlos en su otra vida.
Los muros se encuentran totalmente decorados con pasajes de la vida del Faraón y a medida que uno se acerca al sarcófago, las leyendas comienzan a tener un carácter más sagrado y a vincularse con los pasajes del “Libro Egipcio de los Muertos”: texto que cumplía la función de ser guía para la vida más allá de la muerte y en donde el faraón podía resolver los complejos ritos post-mortem, con la ayuda de las “fórmulas” contenidas en el, que se encontraban no tan solo diseminados por la tumba si no que por el sarcófago, dibujados incluso detrás de la espalda del difunto con la específica función de que este no olvidara las frases claves para circular por el valle de la Duat ( valle de los muertos).
Para sortear el primer obstáculo había que enfrentarse al juicio de las buenas y malas obras. El ritual consistía en que el Faraón pesaba su corazón en una balanza y al otro lado el Dios Set ponía su pluma. Si el corazón pesaba más que la pluma esto quería decir que las malas obras pesaban más y el divino mandatario era condenado al infierno. Si el corazón era más liviano, podría navegar hacia los valles de la Duat, un lugar muy similar al paraíso. Por esto era muy importante conocer los textos y las formulas de tal manera de no ser condenado por su propio corazón, y lograr convencer a Set que en su vida las cosas las había hecho bien.
Es importante darse cuenta de la gran influencia que recibe el cristianismo de la religión egipcia, en donde los conceptos de: el juicio, la condena, el infierno y el paraíso tienen un origen anterior al inicio de la religión Católica.
El budismo tibetano también contiene las fuentes de las realidades más allá de la muerte en su texto sagrado: “El Libro tibetano de los Muertos”, en el que se suceden múltiples enfrentamientos o encuentros con deidades que prueban nuestros temores, nuestra fe y la conciencia que disponemos luego de haber muerto, con el objetivo de iluminarnos o de volver a encarnar en otro cuerpo si los eventos nos superan y nos gana el temor.
He estudiado bastante el tema, no tan solo los textos de estas dos religiones, que tan profundo han llegado en la explicación de los fenómenos que acontecen después de la muerte, sino también recopilando estudios recientes sobre las experiencias de personas fallecidas clínicamente alrededor de 15 a 20 minutos. Los relatos son fascinantes y muestran una similitud respecto de lo que pensaban los egipcios y los budistas, reflejando el enorme y eficaz conocimiento que manejaban estas religiones.
Lamento que la religión egipcia esté muerta hoy en día, a mi parecer podría entregarnos detalles sublimes de todo un mundo más allá del nuestro. Su politeísmo no la invalida para mostrar un conocimiento en el cual creyeron millones de personas por más de cuatro mil quinientos años. Parece una hermana mayor, cuando vemos a una religión cristiana de tan solo dos mil años. Para recuperar parte de ese conocimiento perdido es que comencé a diseñar un mapa del recorrido del difunto por los valles de la Duat y traduje a imágenes los recorridos de tal modo que, sumados a lo que señalan los budistas tibetanos he ido componiendo una verdadera “guía de ruta” por la cual pensaban que el ser debía circular para llegar al Paraíso, el Nirvana o el mismo Cielo.
La religión católica no es clara al respecto y siento que este es un punto en contra respecto de otras que si señalan lo que sucederá después de la muerte y el camino que hay que recorrer en vida para lograr un buen pasar en ambos mundos. Al margen de si esto sea verdad o pueda ser demostrado, me sigue pareciendo más entretenida la visión de llegar a nuevos mundos por meritos propios, ahora que el acceso a los nuevos conocimientos es más masivo, en donde cada persona se encuentra en igualdad de condiciones frente a sus dioses marcando solo la diferencia el esfuerzo que cada uno decida poner en su vida, para acrecentar su fe.
Para llegar al Valle de los Reyes hay que subir hasta unos estacionamientos complementados graciosamente con locales comerciales como en todos lados. Y luego tomar un trencito para cubrir un trayecto de tres minutos.
Turistas suben por el cerro, otros se meten a una tumba, un guía coreano llama a cincuenta coterráneos para organizarse. Nuestro guía nos congrega a la sombra y nos repite el discurso de rigor para que no nos metamos a la tumba de Tutankamon, pues todas las joyas están en el museo (me imagino que las de todas las demás tumbas estarán en Londres). Que lo hagamos a la que él escogió, pues es la que tiene grabados en sus paredes todavía. Al final hicimos lo recomendado y vivimos un poco el ritual de sumergirnos en las arenas del desierto e imaginarnos bajando hacia los secretos del valle de los Reyes muertos.
Cerca de ahí se encuentra el templo de Hatshepsut , dedicado al Dios Amón, Deir el Bahari es un templo tallado directamente en la roca y su construcción habría tardado 15 años y fue obra de un particular arquitecto llamado Senenmut. Quien formaba parte del exclusivo sequito de colaboradores de la Faraona. Pero lo que llego a obnubilar mis pretensiones como arquitecto, fue la cantidad de títulos que logró amasar:
Guardián del Palacio, Inspector de Obras , Inspector de los Campos, Inspector de la casa doble del tesoro, Inspector de los jardines de Amón, Director de los trabajadores, Inspector de la oficina administrativa del palacio, superintendente de los aposentos privados, inspector de las fiestas, supervisor del ganado de Amón, Mayordomo de la hija del Rey Nefrure y ejecutor de todas las cosas que vienen a pasar por el espíritu de su majestad.
Sin duda los arquitectos que apadrinaron a sus faraones en la realización de todos sus monumentos ocuparon un papel fundamental en el desarrollo político y social de la época.
Sentado sobre unas piedras frente al majestuoso templo divagaba sobre los factores que me llevarían a conquistar un mundo a través de la arquitectura. Lo que jugaba a mi favor era que yo también era arquitecto y lo que pujaba fuerte en mi contra demoliendo toda esperanza, era que no conocía ninguna faraona adinerada y con ganas de conquistar el mundo.
LUXOR- KARNAK
Entre papiros y areniscas
Desde El Cairo volamos a Luxor donde partiría el magnífico Crucero por el Nilo.
Dentro de la antigua Tebas, dos hermosos templos emergen por sobre los edificios con un tono de luz distinto, construidos con bloques de areniscas milenarias reflejan la luz como si fueran algo ajeno a la ciudad. Efectivamente lo son. Su depuración y excelsitud habla de obras hechas con devoción, construidas con sangre y sudor o quizás más sangre que sudor. Hoy estos templos, de Luxor y Karnak se encuentran desprovistos de sus revestimientos originales.
Pensaba que si se ven así de imponentes, como se verían recubiertos con alabastro en pisos y pilares. Con granito rojo en muros, pilares y obeliscos. Pintados con oro, incrustaciones de piedras preciosas y policromías en todos sus bajo y sobre relieves.
Siempre y en todas las culturas la imagen de lo divino nos ha llevado a dejarlo todo por nuestros Dioses. Sin embargo los Faraones comenzaron a tener una importancia tal, que sus hitos funerarios, fueron compartiendo con las deidades, el protagonismo de la fé.
Los monumentos que se conservan pertenecen a las últimas dinastías, es decir, a la XVIII y XIX, mientras que las pirámides del conjunto de Giza son de la IV. Estas, a través del tiempo fueron sofisticando el modo y lugar en que enterraban a sus faraones. El problema que enfrentaron fue el saqueo. La pregunta era; cómo enterrar al faraón y sus riquezas sin que su tumba fuera descubierta y desvalijada una vez que dejaban el poder. Primero la hicieron enterrando a sus monarcas en templos, luego en las pirámides y por último en las afueras de las ciudades, en valles secretos como el Valle de los Reyes o el de las Reinas. Al final no se salvó ni uno, pues al parecer lo que en un tiempo se aprecia valioso y sagrado otras generaciones le encuentran un valor distinto. De esta manera una joya faraónica sagrada se convierte, a través de los años, invasiones y saqueos, en un cáliz de oro para ceremonias católicas, unas joyas de la realeza británica, una fina loza para juego de té y por último un encaje de oro en una escultura post moderna de un lujoso museo privado de un empresario gringo. Quizás las menos reciclables y valiosas sean las que se encuentran en las tumbas más modernas en los valles situados al otro lado del Nilo.
En el Valle de los Reyes se encuentra un complejo de tumbas entre las cuales está la de Tutankamón. Todas están hechas con forma de túnel sumergido en la tierra con el fin de preservar el valioso contenido dentro del cual se encontraba obviamente el Faraón, su ajuar, utensilios y elementos de madera que le servirían para ocuparlos en su otra vida.
Los muros se encuentran totalmente decorados con pasajes de la vida del Faraón y a medida que uno se acerca al sarcófago, las leyendas comienzan a tener un carácter más sagrado y a vincularse con los pasajes del “Libro Egipcio de los Muertos”: texto que cumplía la función de ser guía para la vida más allá de la muerte y en donde el faraón podía resolver los complejos ritos post-mortem, con la ayuda de las “fórmulas” contenidas en el, que se encontraban no tan solo diseminados por la tumba si no que por el sarcófago, dibujados incluso detrás de la espalda del difunto con la específica función de que este no olvidara las frases claves para circular por el valle de la Duat ( valle de los muertos).
Para sortear el primer obstáculo había que enfrentarse al juicio de las buenas y malas obras. El ritual consistía en que el Faraón pesaba su corazón en una balanza y al otro lado el Dios Set ponía su pluma. Si el corazón pesaba más que la pluma esto quería decir que las malas obras pesaban más y el divino mandatario era condenado al infierno. Si el corazón era más liviano, podría navegar hacia los valles de la Duat, un lugar muy similar al paraíso. Por esto era muy importante conocer los textos y las formulas de tal manera de no ser condenado por su propio corazón, y lograr convencer a Set que en su vida las cosas las había hecho bien.
Es importante darse cuenta de la gran influencia que recibe el cristianismo de la religión egipcia, en donde los conceptos de: el juicio, la condena, el infierno y el paraíso tienen un origen anterior al inicio de la religión Católica.
El budismo tibetano también contiene las fuentes de las realidades más allá de la muerte en su texto sagrado: “El Libro tibetano de los Muertos”, en el que se suceden múltiples enfrentamientos o encuentros con deidades que prueban nuestros temores, nuestra fe y la conciencia que disponemos luego de haber muerto, con el objetivo de iluminarnos o de volver a encarnar en otro cuerpo si los eventos nos superan y nos gana el temor.
He estudiado bastante el tema, no tan solo los textos de estas dos religiones, que tan profundo han llegado en la explicación de los fenómenos que acontecen después de la muerte, sino también recopilando estudios recientes sobre las experiencias de personas fallecidas clínicamente alrededor de 15 a 20 minutos. Los relatos son fascinantes y muestran una similitud respecto de lo que pensaban los egipcios y los budistas, reflejando el enorme y eficaz conocimiento que manejaban estas religiones.
Lamento que la religión egipcia esté muerta hoy en día, a mi parecer podría entregarnos detalles sublimes de todo un mundo más allá del nuestro. Su politeísmo no la invalida para mostrar un conocimiento en el cual creyeron millones de personas por más de cuatro mil quinientos años. Parece una hermana mayor, cuando vemos a una religión cristiana de tan solo dos mil años. Para recuperar parte de ese conocimiento perdido es que comencé a diseñar un mapa del recorrido del difunto por los valles de la Duat y traduje a imágenes los recorridos de tal modo que, sumados a lo que señalan los budistas tibetanos he ido componiendo una verdadera “guía de ruta” por la cual pensaban que el ser debía circular para llegar al Paraíso, el Nirvana o el mismo Cielo.
La religión católica no es clara al respecto y siento que este es un punto en contra respecto de otras que si señalan lo que sucederá después de la muerte y el camino que hay que recorrer en vida para lograr un buen pasar en ambos mundos. Al margen de si esto sea verdad o pueda ser demostrado, me sigue pareciendo más entretenida la visión de llegar a nuevos mundos por meritos propios, ahora que el acceso a los nuevos conocimientos es más masivo, en donde cada persona se encuentra en igualdad de condiciones frente a sus dioses marcando solo la diferencia el esfuerzo que cada uno decida poner en su vida, para acrecentar su fe.
Para llegar al Valle de los Reyes hay que subir hasta unos estacionamientos complementados graciosamente con locales comerciales como en todos lados. Y luego tomar un trencito para cubrir un trayecto de tres minutos.
Turistas suben por el cerro, otros se meten a una tumba, un guía coreano llama a cincuenta coterráneos para organizarse. Nuestro guía nos congrega a la sombra y nos repite el discurso de rigor para que no nos metamos a la tumba de Tutankamon, pues todas las joyas están en el museo (me imagino que las de todas las demás tumbas estarán en Londres). Que lo hagamos a la que él escogió, pues es la que tiene grabados en sus paredes todavía. Al final hicimos lo recomendado y vivimos un poco el ritual de sumergirnos en las arenas del desierto e imaginarnos bajando hacia los secretos del valle de los Reyes muertos.
Cerca de ahí se encuentra el templo de Hatshepsut , dedicado al Dios Amón, Deir el Bahari es un templo tallado directamente en la roca y su construcción habría tardado 15 años y fue obra de un particular arquitecto llamado Senenmut. Quien formaba parte del exclusivo sequito de colaboradores de la Faraona. Pero lo que llego a obnubilar mis pretensiones como arquitecto, fue la cantidad de títulos que logró amasar:
Guardián del Palacio, Inspector de Obras , Inspector de los Campos, Inspector de la casa doble del tesoro, Inspector de los jardines de Amón, Director de los trabajadores, Inspector de la oficina administrativa del palacio, superintendente de los aposentos privados, inspector de las fiestas, supervisor del ganado de Amón, Mayordomo de la hija del Rey Nefrure y ejecutor de todas las cosas que vienen a pasar por el espíritu de su majestad.
Sin duda los arquitectos que apadrinaron a sus faraones en la realización de todos sus monumentos ocuparon un papel fundamental en el desarrollo político y social de la época.
Sentado sobre unas piedras frente al majestuoso templo divagaba sobre los factores que me llevarían a conquistar un mundo a través de la arquitectura. Lo que jugaba a mi favor era que yo también era arquitecto y lo que pujaba fuerte en mi contra demoliendo toda esperanza, era que no conocía ninguna faraona adinerada y con ganas de conquistar el mundo.



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