Tuesday, June 06, 2006


INTRODUCCION



La visión psico-religiosa se compone de dos miradas: la primera ve desde la reflexión personal, afectiva y sensitiva, a veces amoral, humorística y desapegada de dogmas. Y la segunda ve desde el anhelo del religare o volver unir el alma con Dios. Que no es más que reconectarnos con lo que somos en esencia. Todo viaje puede compararse con las cuatro fases del “viaje mitológico del Héroe”: El Paraíso, la salida, la travesía y el encuentro con la tierra prometida.
El habito de la rutina refleja la quietud o estaticidad del paraíso, como tierra de placeres que no valoramos sino hasta cuando salimos de él. Y al abandonar nuestro lugar de confort nos enfrentamos a un mundo nuevo, cautivante y lleno de situaciones que nos hacen madurar y crecer conforme nos vamos alejando. La travesía, es un ir “a-través” aterrador y seductor. Nos consume en una dinámica única e irrepetible que nos muestra que la constante es la continuidad del cambio. Al volver a la tierra natal acudiremos como si fuese la tierra prometida, que no es más que el mismo lugar ideal de quietud visto desde un cuerpo, mente y alma renovados.
El viaje se compone de elementos imposibles de predecir. Nos entrega una apertura hacia lo desconocido, hacia el abismo del devenir y a su vez nos saca, gloriosamente, de la rutina productiva que nos hace pensar que sin nosotros nada funcionaría.
Una vez que zarpamos las familias siguen laborando, las empresas siguen produciendo y quienes nos añoran siguen viviendo. Abandonamos la cotidianeidad y nos entregamos a una vida nueva. Salir de casa es como una muerte anunciada pero con un mágico regreso, que te convierte en un resucitado una vez que vuelves, si es que vuelves.
El terruño, el amor a la gente de nuestra tierra, solo se experimenta cuando se está entre tierras extrañas, en medio de miradas que te ignoran en un aeropuerto, en una gran ciudad o en algún sucio metro de una gran metrópolis.
Afuera siempre eres una especie de embajador lo quieras o no. Tienes que bailar “cueca” aunque solo la hayas bailado en el colegio, debes referirte a las cazuelas, los porotos con riendas, los pasteles de choclo y las humitas como comidas tradicionalmente deliciosas aun cuando tu madre te las haya metido con jeringa en la infancia.
Los lugares que para ti fueron tan cotidianos como el negocio de la esquina o las empanadas de “Don Tito”, para alguien más, en otra latitud de este planeta, reflejan parte de una cultura y son muy importantes.
El que un extranjero viaje miles de kilómetros para conocer algo que solo en tu tierra existe, es un honor y digno de orgullo. Siempre debiera estar en nuestras mentes el origen y la dedicación de algunos que, anónimamente, visionaron en nuestros espacios públicos, nuestras callejuelas y barrios, el significado que luego tendrían. Pero son nuestros paisajes: el norte árido único en el mundo, nuestro mágico sur, los fiordos, las torres del Paine, la carretera Austral o la laguna de San Rafael, los que cautivan al mundo.
Lo injustificable es que a lo largo del país no hallamos podido darle al los espacios públicos una connotación más fuerte que llame a compartir en el afuera, lo hacemos en espacios residuales. Así es como las grandes celebraciones a nivel nacional, en Santiago, las hacemos en la plaza Baquedano, la cual no es exactamente una plaza sino la confluencia de dos arterias principales y dos largos parques urbanos. Los hacemos en medio de las calles atestadas de automóviles duplicando el estrés de moros y cristianos.
Debiéramos incorporar en nuestros sistemas de planificación la visión de lo público como algo disfrutable y no como el espacio mínimo para cumplir con las disposiciones reglamentarias.
El origen de las plazas en un principio era recintar un espacio de origen fundacional no construido, para guardar las armas y para las ejecuciones o actos públicos. En la actualidad nacen de los retazos cedidos por los nuevos loteos, con lo justo para decir que es una plaza; unos cuantos juegos para niños, pasto y maicillo, más una que otra esculturilla. Que amor le puede tener uno a aquello, que recuerdos podemos guardar de momentos vividos en aquellos espacios sin gracia. Peor en las comunas pobres que donde el poco pasto que se planta, se lo roban, con el consecuente sitio pelado con piedras de lecho de río pintadas de blanco y niños jugando en la tierra.
Lo otro imposible de concebir es el hecho de que el único que haya fundado ciudades en Chile sea Pedro de Valdivia, pues no recuerdo ciudades importantes nacidas con posterioridad a los conquistadores.
Quizás esa sea la palabra clave, ser conquistadores de nosotros mismos, del país y nuestro lugar en el mundo.

Luego de viajar a Europa, suspiro profundo y miro nuestra cultura, como a ese hermano menor al cual le conoces sus dones pero no le ves ocuparlos. Miro a nuestro país como un ser que no ha buscado dentro de sí, la magia de maravillar. Pienso que algún día despertará de su letargo y saldrá al mundo a mostrar sus bellezas, la cultura de su gente y los grandes descubrimientos de sus hombres y mujeres, solo falta creer en nosotros, aspirar a reconocer lo especial, únicos, legítimos que somos y dejar de imitar.
Debemos creer que el “loco” es alguien que abre puertas, el innovador es el que nos cobijará en el futuro, el intrépido es el que le dará trabajo a muchos el día de mañana y que un mañana se construye con el valor de ser diferentes, amantes de nuestra cultura, sea “cuica” o “guachaca” (burguesa o clase baja), pero amantes de verdad. Sentirle el sabor a ese respaldo mudo de una masa que está tras el televisor esperando que logres algún triunfo (y que no es el people meter), pero también, esos niños que buscan iconos que rompan los esquemas de su pálida formación escolar y familiar.
Para eso debemos dejar que los músicos, los artistas, cineastas, los deportistas, científicos, empresarios, los visionarios, trabajen tranquilos y respaldados. Que replanteen el mundo sin límites y luego, sentarnos a esperar que las cosas maduren. Siempre obtendremos un buen fruto. Por eso mantengo un profundo amor por mis locos queridos: Alberto Maturana, quien con meditada y apacible figura ha des-trozado al mundo en pequeñas células que buscan validarse unas a otras. A Alejandro Jodoroksky, que con una sonrisa eterna ha logrado burlar la realidad y volar por sobre todos los sueños de la humanidad, reinventando la vida como uno más de sus sueños. Y como olvidar a “Florcita Motuda”, siempre fiel al desorden y enemigo acérrimo de la rigidez y las formalidades.

Este pequeño libro no busca más que mostrar un punto de vista de los muchos que podrían tener quienes viajan y se sorprenden con las maravillas del mundo. Es un viaje hacia fuera del país y hacia dentro de mí mismo, pero como chileno que soy, también hacia el interior de cada compatriota que mira hacia el mundo, más allá de sus fronteras geográficas, mentales y paradigmáticas.

Antes de viajar, mis temores se acrecentaban. Tenía que hacer como 10 viajes en avión, cuál de todos ellos se caería?, en qué aeropuerto nos robarían las maletas estropeando la felicidad del viaje y dejándonos sentados en un frió aeropuerto mirando como las maletas de algún pasajero distraído, pero con mejor suerte, dan vueltas en la cinta sin fin? Era un atado de nervios y preconceptos.
Resultarían acaso todas las interconexiones que nuestro agente nos había programado?, coincidirían todos los actores de esta fenomenal carrera ultra-cronometrada?, y si no funcionaba hacia dónde naufragarían nuestras vidas?
Lo cierto es que mayores percances no hubo, la ruta que armó nuestro agente funcionó a la perfección y todo lo que nuestros guías en Egipto e Italia nos mostraron fueron datos comprobables y fidedignos.
Entendí que así se gesta un profeta: comprendiendo en el hacer, que arroja la práctica, las constantes que hacen de lo nuevo algo predecible. Para luego decirles a otros lo que sucederá. Los seres humanos somos muy evidentes en el que hacer y las personas buscan la rutina como si fuera miel. Lo mágico es cuando llegas a un lugar nuevo, pues el único que no sabe lo que sucede eres tu y de esa manera, todo es sorprendente, los demás lo han vivido casi toda su vida.
Luego de realizar nueve vuelos e ir de un lugar a otro armando y desarmando maletas, me acostumbré a que las cosas funcionaran y que los contratiempos se sumaran a la gracia de ir descubriendo el mundo. Luego de terminar una travesía queda el gusto y la satisfacción de haber vivido el doble y de ser una persona que supera el simple rol que nos tocó ocupar en esta sociedad.

F.O.P.

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